con una flor en medio,
hecha de rosas de cielo,
y con una avispa de claros cristales,
se acerca un viento caliente del norte desdichado.
Un viento hirviendo,
tajante,
cortante,
que suavemente raja la tierra de mármol
los dedos se erizan,
la piel llora
y los ojos más abiertos captan hasta el pesar
de una casa que una vez fue,
de una luz delicada y profunda
que permanece en soledad
pero no descree de su preciosimo.
Lo que no llora, persiste
Lo que llora, quema en presente y en pasado
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